XVI
Los textos de Silvia comenzaron a decepcionarme por su
superficialidad y a preocuparme por su escasez. ¿No estaba tan ilusionada por
meter mano a ese hijo de puta? Aquella semana, el nivel de asesinatos bajó. Sin
embargo, las represalias y castigos continuaban. Se rumoreaba con algún
suicidio.
Noté a Silvia preocupada desde el primer momento. Parecía
tener la cabeza en otra parte. Una vez nos
sentamos, comenzamos a conversar:
-Va lento. Necesito más tiempo.
Pareció molestarle mi pregunta.
-Pasamos las noches enteras juntos. Paga lo suficiente como
para ello. Consigo drogarlo tres veces más que yo, y como es tan idiota,
termina por no darse cuenta de la información que le saco de la cartera, de la
boca y del pecho.
-¿A qué te refieres?
-Él está seguro de que yo no le conozco. Cuando se viene
abajo, me cuenta sus problemas. Está casado y tiene dos hijas, pero no es
feliz. Creo que por ello me es fiel.
-Entiendo… ¿y el reportaje, qué? ¿Piensas sacarlo no?
-Por supuesto. No te quepa la menor duda, Óliver.
Me fui alegre. Por fin, parecía que el sufrimiento conducía
a un éxito mayor. Ahora sí estaba entusiasmado. ¡Parecía que tenía yo más ganas
que ella de que el escándalo saliera a los medios!
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