viernes, 8 de febrero de 2013

Aventura y vaho


 Una fulana nueva para una nueva noche en mi vida. Entré en tu piso sin conocer tu nombre siquiera; hacía tiempo que te venía observando y recorriendo con la mirada. Más de una vez pasé por tu lado, rozando con mi duende el cascabel de tu espalda. Pero hoy había decidido explorarte.

El aliento de lo desconocido me golpeó de frente, mientras tú guardabas la distancia y no acudías a recibirme. Yo di el primer paso. A mi primer paso correspondiste alejándote, mirándome con extrañeza y deslizándote por el pasillo. Seguí tus pasos –no podía hacer otra cosa- y dimos con tu dormitorio.

Puerta cerrada, no obstante. Tú entre tu cama y yo, pero yo te quería a ti y no me importaba si tenía que ser de pie. Tu camiseta sencilla negra también se interponía entre mis deseos y yo, y por ahí empecé. Fui educado y comencé mordisqueando tu cuello.

Abriste la puerta y tras saludarnos aún firmes, caímos en el colchón. Me sumergí en un océano de sudor y latidos y di brillo a esas perlas tímidas.  Me tomé un respiro y te dejé hacer, acariciando mi bajo vientre, estremeciendo mis sentidos.

Me convertí en invitado en tu ritual, vigilando con atención el azar de tus pasos al caminar. Controlando tu respiración, intentando tomar temperatura a ese cuerpo en calmada ebullición.

Mas yo quiero tomar el timón y me deslizo por tu ombligo. Ahora el silencio no es tan absoluto. Ahora estás sufriendo, y yo lo gozo. La pasión se impone a la rutina y lo vemos todo con nuevos ojos. Encuentro un atisbo de respuesta a mi hambre incesante.

Pero controlo mi fuego y te dejo, sola, en tu cielo; esperando que matara al toro. Marcho satisfecho con la faena, sabiendo que además de mi pasión y mi condena es mi oficio. Aseguro mi retorno sabiendo que tengo mucho por descubrir.

Hasta pronto.

lunes, 4 de febrero de 2013

Sarcófago de piedra

 No faltan abrigos precisamente en mi casa. El fuego de la chimenea calienta un amplio salón decorado en sus paredes por cuadros con una gama de los colores más diversos; desde el florido primaveral y su alegría, hasta una cópula de grises y negros misteriosos e hipnóticos que esconden un cofre tras las tinieblas. Y todos me pasan la mano por el pelo y me besan la frente, protegiéndome de los reveses de la vida y procurándome una cama en la felicidad.

Pero apoyo los pies en el suelo, me levanto en el sofá y abro una puerta. Dos. Tres. Piso la nieve y la hiel entumece mis sentidos, mi confianza. Alzo la cabeza y atravieso la cancela. Fijo la mirada en ese muro de piedra, en ese sarcófago que el tiempo no desgasta. Me estremezco.

Ya no poseo el calor del fuego de mi chimenea, ni el cariño de mis cuadros. No tengo a nadie. Estoy solo. Solo con el frío, con la lluvia, con el granizo que comienza a caer sobre mis hombros. Ataco. Golpeo con mis puños el muro, la piedra. Mis manos gritan y lloran sangre. Añoro la comodidad de mi salón. Pero el interior del sarcófago bien merece el esfuerzo.

Así que tengo dos opciones: o me abro y vuelvo a la comodidad de mi salón y la visita de esas mujeres, o enfrento aquello en lo que creo. La sangre de mis manos dibuja un "te quiero" en la piedra, y entonces tomo la decisión. Aprieto mis puños y piso firme. Despierto las llamas y derrito la hiel que debilita mi confianza.

Abriré ese sarcófago.