martes, 21 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo XVI


XVI


Los textos de Silvia comenzaron a decepcionarme por su superficialidad y a preocuparme por su escasez. ¿No estaba tan ilusionada por meter mano a ese hijo de puta? Aquella semana, el nivel de asesinatos bajó. Sin embargo, las represalias y castigos continuaban. Se rumoreaba con algún suicidio.

Noté a Silvia preocupada desde el primer momento. Parecía tener la cabeza en otra parte. Una vez nos 
sentamos, comenzamos a conversar:

-Va lento. Necesito más tiempo.

Pareció molestarle mi pregunta.

-Pasamos las noches enteras juntos. Paga lo suficiente como para ello. Consigo drogarlo tres veces más que yo, y como es tan idiota, termina por no darse cuenta de la información que le saco de la cartera, de la boca y del pecho.
-¿A qué te refieres?
-Él está seguro de que yo no le conozco. Cuando se viene abajo, me cuenta sus problemas. Está casado y tiene dos hijas, pero no es feliz. Creo que por ello me es fiel.
-Entiendo… ¿y el reportaje, qué? ¿Piensas sacarlo no?
-Por supuesto. No te quepa la menor duda, Óliver.

Me fui alegre. Por fin, parecía que el sufrimiento conducía a un éxito mayor. Ahora sí estaba entusiasmado. ¡Parecía que tenía yo más ganas que ella de que el escándalo saliera a los medios!

lunes, 20 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo XV


XV


Como Silvia dijo la última vez, “ahora todo estaba más parado”. Así lo reflejaban sus textos en el periódico. Cada vez estaba más centrada en sí misma, en sus pensamientos como “mujer de placer”. Sin embargo, seguían matando prostitutas.

Volví a reunirme con Silvia según lo previsto. La noté alegre, entusiasmada. Le pregunté si iba muy drogada, a lo que respondió con una mirada de hielo.

-Óliver, creo que tengo algo gordo.
-¿Cómo de gordo?
-Los suficiente como para lograr lo que me merezco. Últimamente sólo hago basura. Pero eso va a cambiar.
-¿Qué tienes, Silvia?
-Tengo un político –buscaba mi sorpresa, algo que no encontró.
-Bueno, Silvia… creo que la sociedad ha aceptado la corrupción moral de la clase política… prostitutas, estafas, drogas… no creo que sea algo nuevo.
-No hablo de un concejal cualquiera. Hablo del ministro de Educación, John Santos. Pertenece al más estrecho círculo de confianza del Presidente del Gobierno. Puedo tumbar un gobierno, Óliver.

La miré fijamente unos instantes. Sí, sabía que lo haría si estuviera en su mano.

-¿Cuántas veces te lo has tirado?
-Ninguna.
-¿Entonces?
-Lo he visto venir aquí dos veces… seré yo la que lo atrape. Él es mío.
-¿Cómo estás tan segura de que es él si ni siquiera os habéis acostado?
-Él iba a sustituir a mi padre antes de que éste matara a mi madre. Cuando entró en prisión, se hizo con el cargo, y no ha parado de ascender. Es él. –Su mirada no admitía dudas-.
-De acuerdo, de acuerdo. En ese caso, sólo te diré una cosa. Ten cuidado, por favor.
-Voy a hacerlo, Óliver, voy a hacerlo…

Puzzle de Medianoche: Capítulo XIV


XIV


Se me hizo muy larga la espera para volver a ver a Silvia. Los señores de la noche habían entrado en acción. En tan solo seis días, cinco prostitutas habían sido encontradas muertas en descampados próximos a los clubs. Además, se habían denunciado dos desapariciones.

Tenía miedo. Por un lado, me aterrorizaba pensar que había personas muertas por culpa de la actividad de Silvia. Sin embargo, sabía que hacía lo correcto. Reflexionaba sobre esto camino del club. Al llegar, ella ya me estaba esperando.

-¿Cómo estás, Silvia?
-Excitadísima… - era una provocadora-. No, en serio. Estoy entusiasmada con todo esto. Creo que puedo sacar algo importante. Aunque ahora todo esté más parado.
-¿Por qué está todo más parado?
-Ya sabes. Los gordos se acojonan y se esconden. Estos días están siendo muy tranquilos. Hace tiempo que no veo a nadie del que sacar tajada por aquí.
-Quiero entenderlo…
-¿Aún dudas de mí? –Silvia parecía verdaderamente molesta.
-No, no… es sólo que, ya sabes… joder, para mí es muy duro verte aquí. Te he visto crecer. Quiero comprender por qué te has convertido en una prostituta.
-Para mí no es fácil, no chupo pollas por gusto, ¿sabes? – se había puesto a la defensiva- Pero llegué a la conclusión de que nada es algodón de azúcar. Al menos nada de lo que quiero yo. El que quiere gloria tiene que tragar mierda.

¿Qué decir ante esa respuesta? Aunque me jodiera, sabía que la niña tenía razón. Joder, la tenía delante, y no podía dejar de admirar su voluntad…

-Oye, Silvia. Sabes que ahí fuera están matando a gente. ¿No tienes miedo?
-¿Miedo? –otra vez esa sonrisa divertida- El miedo es lo que te mantiene con vida en terreno hostil. Si lo controlas, claro –me guiñó un ojo y me invitó a salir de la habitación.

Desde fuera percibí cómo esnifaba.

domingo, 19 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo XIII


XIII


La siguiente noche fui a Moulin Chaud. Presenciar aquel asesinato había cambiado mucho las cosas: encontrar a Silvia se convertía en una contrarreloj. Los hielos de mi copa no me devolvían el rostro que yo quería ver. Decidí levantarme y hacer las cosas bien de una vez. Me introduje en aquel pasillo de habitaciones y fui abriendo puerta por puerta.

Asiáticas, árabes, compañeras de clase… encontraba de todo menos lo que necesitaba. Entonces llegó un empleado alertado del alboroto que yo estaba causando.

-¿A usted qué cojones le pasa, viejo?- su cara no era de hacer amigos.
-Vengo buscándola a ella, rubia, ojos verdosos… me dijo que estaría aquí.

Intenté continuar avanzando por el pasillo pero se interpuso en mi camino.

-No sería aquí, viejo. ¡Márchate! – me espetó.

En un amago de dar la vuelta, lo aparté de un empujón. Seguí abriendo puertas con un sinfín de gritos y música a mi espalda. El pasillo llegaba a su fin… pero apareció. Llevaba puesta una minifalda vaquera y un sujetador carmesí, a juego con sus labios y la aguja de sus tacones. La hierbabuena de sus ojos destilaba sorpresa. Entré en su habitación, cerrando en la cara del que me perseguía. Nos dejó en paz tras aporrear la puerta tres veces.

-Silvia…- mi susurro era casi imperceptible-… no puedes seguir aquí.

Se sentó en la cama y suspiró.

-Óliver, eres tú el que no debería estar aquí.
-Oye, mira, admiro lo que estás haciendo. Pero todo tiene un límite –la miré a los ojos-. Has llegado a ese límite.

Su respuesta fue sacar un cigarro del abrigo y prenderlo. Yo aproveché para echar un vistazo a la habitación. Olía a sexo. En la mesita de noche había coca y una bolsa con lo que deduje que era cristal. Lo señalé. Ella se encogió de hombros.

-Óliver, estoy aprendiendo más que nunca con esto. Ni la muerte de mi madre me enseñó tanto. Por primera vez en mi vida me siento útil. Déjame hacer, te lo pido.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué Silvia? ¿Por qué esto, en este mundo?
-¿Me creerías si te dijera que quiero cambiar el mundo? -expulsó el humo y observó detenidamente mi reacción-. Sé que el mundo es una mierda. Cada día  que pasa soy más consciente. Pero, ¿tiene que haber alguien que lo cambie, no?
-¿Y por qué tienes que ser tú?

Silvia estalló en carcajadas a la vez que se levantaba y apoyaba la mano sobre el picaporte de la puerta.

-Dejémoslo en que es mi recurso en esta vida para huir de la rutina- volvía a tener aquella mirada divertida tan suya- ¿Conforme? Es lo único a lo que temo.

Abrió la puerta y me hizo salir. No. No podía marchar así.

-Además de las arañas, ¿no?

Silvia no esperaba aquello.

-Sí… además de a las arañas.
-Oye, déjame verte una vez a la semana. Te lo pido por favor.

Aquellos segundos delante de la habitación se me hicieron eternos. Pensé que cerraría de un portazo.

-De acuerdo- y ahora sí, cerró-.

Puzzle de Medianoche: Capítulo XII


XII


RoseFlow, White Rain, Moulin Chaud y Pure Land. Cuatro clubs en Orelan, además de la prostitución ejercida en la vía pública. Esto último lo descarté; si estaba tan seguro de que Silvia había entrado en el negocio, y conociendo el por qué, no podía estar en la calle.

Mi primera noche en RoseFlow fue en vano. No encontré a Silvia, las putas eran sudacas y la mamada era cara. Desde ese día tomé la decisión de limitarme al show de striptease. Tomando una copa en la barra, esa primera noche, oí rumores. Los señores de la noche andaban muy cabreados. Los primeros reportajes afectaron a camellos de segunda, “don nadies” en el mundillo. Si atacaban a los clubes, estaban atacando mafias.

Aquel letrero rosa parpadeaba insistentemente en la distancia anunciándome que estaba llegando a White Rain. Me senté en la barra observándolo todo pero viendo el espectáculo. Tenía que encontrar a Silvia costara lo que costase. Pasaron la una, pasaron las dos, pasaron las tres, las cuatro, las cinco, y nada. No había rastro de Silvia. Aunque me doliera hacerlo, decidí abandonar el local. Afuera hacía frío. Cerré los puños y los introduje en los bolsillos de mi abrigo, caminando de vuelta a algún lugar.

No me había alejado cien metros cuando oí un grito, seguido de una súplica. En un acto de valentía al que no estaba acostumbrado, decidí acercarme. Por su vestimenta, el tipo debía regentar White Rain. Por su ausencia de abrigo, la muchacha debía ser una prostituta. Ella lloraba a sus pies. Él estaba enfurecido.

-Escúchame Mery, porque puede que no vuelvas a hacerlo. Dime quién es el topo…
-…no lo sé, no lo sé, lo juro…
-¡Mientes!

La abofeteó, algo que pareció hundirla pues dejó de llorar.

-Sé que lo sabes. Quieres engañarme, pero no... ¿Sabes? En el caso de que fueras una puta buena, porque ten claro que antes que nada eres una puta, y no supieras nada, lo que voy a hacer asustará a aquellas o aquellos que sí saben lo que busco…
-¡No! ¡Por favor, se lo ruego! ¡No…!

Mery no pudo terminar su súplica: una bala entró por su sien y escapó por su mandíbula. El silenciador no evitó que unos cuervos huyeran aterrorizados.

Puzzle de Medianoche: Capítulo XI.


XI

¿Qué diantres le pasaba por la cabeza? Me miró a los ojos, interrumpiendo su faz divertida para enfatizar un halo sombrío a sus palabras. Ante mi desconcierto, continuó hablando:

-Además, Óliver, creo que lo mejor es que rompamos el contacto. Tú estás a salvo, yo en cambio… soy peligrosa. Todo irá bien si no volvemos a vernos… - se giró emprendiendo el camino de vuelta-… y gracias por todo. No lo olvido.

Inmadura. Temeraria. Inocente. Infantil. Irrespetuosa para con ella como para con los demás, como para conmigo. Esa clase de palabras revolotearon en mi cabeza durante esos segundos. Pero recordé lo que pensaba de Bífida antes de conocer su identidad: era admirable.

Así pues, me resigné a seguirla de cerca. Silvia dejó claro que no quería verme, pero yo no quería aceptarlo. “No puedo dejarla sola”. Las siguientes semanas frecuenté más que de costumbre los barrios más movidos de Orelan. Tenía la esperanza de verla cada noche. De saber que estaba bien. De saber que seguía con vida.

En lo que a mí respecta, mi situación económica se vio perjudicada por aquella extraña obligación moral de proteger a Silvia. Renuncié a los trabajos de jardinería y a las pizzas para  pasar más horas en la calle. Si no encontraba la melena rubia en la noche, probaría en el día. Para mantenerme, vendía más droga. Por tanto, estaba más expuesto, y me llevé algún que otro susto.

Aunque no tildaría de susto mi desahucio. Lo vi venir, y no hice nada por evitarlo. Lo poco que poseía como mío bastaba como para mantener mi cuerpo vivo en las últimas noches de frío de aquel invierno. Con suerte, solía encontrar alguna casa okupa en la que pudiera alojarme dejando caer el peso de mi cuerpo sobre el suelo, siempre frío.

No habría pasado ni una semana desde que vivía en la calle cuando Bífida me dejó mudo. Su nuevo reportaje tocaba esta vez a los puticlubs de Orelan. Su profundidad y exactitud construían una veracidad suficiente como para que –tal y como fue posteriormente- la justicia tomara cartas en el asunto.

Ahí fue donde verdaderamente me asusté. Las putas en esta ciudad movían mucho dinero. A veces, algo más que eso. En esta ocasión había unos cojones tremendamente hinchados que estaban a punto de explotar. Había que tener mucho cuidado con la gente que había detrás de aquello.

sábado, 18 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo X


X


En los siguientes meses, la policía realizó un buen número de redadas y detenciones fruto de aquella misteriosa sección. Desde “El Diario de Orelan” se defendió a ultranza aquella serie de reportajes que estaban causando furor en la ciudad.

Mis propias fuentes me desvelaron diversas amenazas para lograr descubrir la identidad del periodista. El medio negó saber su autoría. Verdaderamente, no creo que mintieran. Quien fuera que estuviera publicando aquellas historias se estaba jugando el cuello.

Un buen día, Silvia vino a verme. Hacía tiempo que su presencia por la noche era más es casa. Me compró poco, decía que estaba dejando la droga.

-Sí, así como te lo digo. Estoy dejándola- su sonrisa no dejaba de deslumbrarme.
-Bueno, me alegro por ti, entonces. Por cierto, supongo que estarás al tanto de la nueva sección de “El Diario de Orelan”, ¿no?
-Sí. Está causando muchos problemas a mucha gente.
-¡Desde luego! Si te soy sincero, a veces pienso que mi nombre podría aparecer en alguna de esas columnas. Me alivia pensar que nadie quiere buscar problemas a alguien tan mayor y tan solitario…
-Tranquilo, a ti no te causarán ningún problema…
-¿Por qué estás tan segura?

Silvia se mordió la lengua unos segundos antes de mirarme con una mueca divertida.

-¿Tu sabías guardar secretos, verdad?
-…no…- no me lo podía creer.
-Yo soy Bífida.