lunes, 5 de agosto de 2013

Criso

Rara vez asomaba Criso sus ojos hacia la superficie. Todo ahí fuera era extraño, sucio y banal; inferior pese a estar por encima. Nada comparado a la humedad de su lago.

Desde que tenía conciencia, Criso recordaba su vida entre las aguas. Rara vez entraba en contacto con el aire puro, aquella extraña sustancia que parecía ser sustento de la gran mayoría de seres. A estos seres los observaba a menudo, con timidez siempre, acompañada de una extraña sensación que oscilaba peligrosamente entre la más profunda prepotencia y la más vergonzosa admiración.

A orillas del lago acudían desde antes que Criso naciera, serpientes. Serpientes que susurraban sin entrar al agua, dejando que las ondas de su silbido penetraran en el lago y paralizaran los sentidos de Criso. Pese a que él siempre se reponía, alguna vez estuvo tentado a salir.

"¿Qué había de malo en salir ahí fuera?". Al fin y al cabo, ellos también respiraban. Ellos también vivían. Ellos también reían y bailaban; seguramente esto último más que el propio Criso, quién creía ser feliz en su lago.

Las serpientes seguían silbando, y Criso no podía evitar prestar atención. Alguna vez sacó la cabeza. Alguna vez se encaminó a la orilla y casi vio la lengua bífida. Pero siempre, siempre, terminaba volviendo al lago, a ahogarse para sobrevivir y ser eterno.

domingo, 28 de julio de 2013

Sacrificio / Recompensa

"Se llama vivir y no es fácil".

Y es cierto. Cada persona es un mundo, ninguna vida vale más que otra, todo el mundo sufre y goza, llora y ríe, sueña y lamenta.Todo el mundo respira y muere, unos entre oro y otros entre polvo. Pero no todos somos iguales.

Pagó su copa, dio las gracias y las buenas noches, sacó la máscara del bolsillo, se inclinó y salió a la lluvia.

¿Y qué le diferencia a él del resto? Debería empezar por lo que los asemeja, supone, y es la condición humana. Sin embargo, bajo su máscara roída, no podía evitar ver al resto del mundo por encima de su hombro, bufando desencanto, sin saber muy bien si quería cambiar de opinión con respecto a sus semejantes.

Él nunca pensó como los demás. Nunca se miró como los demás. Nunca sintió como los demás. Supuso que precisamente eso era lo que lo diferenciaba del resto. No obstante, implícito en su condición humana estaban la sed y el hambre, que tiraban de él frenéticos cuando la piel le quema, haciéndole replantearse la posición de sus astros y la armonía de su cosmos. Devolviéndole la visión del espejo que no quería ver. La que le mostraba que estaba hecho del mismo material que los demás.

Pero algo le devolvía a su hogar, algo que llegaba en días señalados y hacía volver a creer en sí mismo y en sus tatuajes. Algo que, de una contradictoria forma que le hacía volver a replantearse todo, le demostraba que quedaba esperanza y motivos para creer, motivos para quedarse.

Volvió a tomar la esquina para enfrentarse al tablero, con la diferencia de que ésta vez lo hacía con una sonrisa en la cara.

sábado, 13 de julio de 2013

Sin máscaras

Dicen que los sentimientos negativos son más potables para la escritura. Es posible, pero a mí me apetece escribir y no voy a dejar de hacerlo por alcanzar hoy un estado cercano a la felicidad. Ha sido un primer año en Málaga cojonudo, he aprendido muchas cosas y he conocido a gente genial, y sobre todo he dado pasos hacia conocerme a mí mismo que no había dado antes, y creo que de cara al futuro serán vitales.

Ahora he vuelto, y lo hice con sensaciones extrañas en cuanto a re-adaptarme, con el miedo añadido de ser preso de algo que está lejos o no existe. De momento no ha sido así. Me flipan mis rutinas y odio los espacios de no tener nada que hacer. Leo, escribo, y sobre todo siento amor. Porque muchas veces he querido taparme los ojos ante eso.

Me han hecho falta solo dos semanas para volver a darme cuenta de lo querido que me siento en esta ciudad. De la gran relación que tengo con mis padres, que es única y a menudo lo olvido. De los grandes amigos que tengo, y lo feliz que soy con ellos, de lo bien que nos complementamos. He estado muchos meses buscando la soledad y probablemente he obviado que la compañía es muy importante para conocerse a sí mismo. Creo que no podría estar mejor rodeado.

Muchos meses de misantropía y rozando el nihilismo. Pero ahora esto me golpea en la frente. He vuelto a sonreír mientras caminaba por la calle al ver a una madre echando una foto con su móvil a sus dos niñas pequeñas sentadas en un banco de la Carrera de la Virgen. He vuelto a sonreír a los bebés de los carritos y a los perros que me resultan graciosos. ¿Donde está la misantropía?

No sé como está resultando este texto pero necesitaba escribir algo así después de tanta máscara. Ahora mismo, podría decir que soy feliz. Espero estar en lo alto de la noria durante mucho tiempo.

Paz!

domingo, 7 de julio de 2013

Sköll y Hati

Una noche más baja de la cornisa desde la cual observa acostarse al sol.

Regresa al bosque y a sus sombras. A la humedad del frío, a pisar hojas secas y oírlas crujir. Se halla abatido y las extremidades le fallan. Hasta que lo ve. Lo ve a lo lejos, entre troncos de luto que parecen esconderlo.  Luz.

Brilla y se desliza. Él decide perseguirlo, sorteando bestias y sangrando por rosas. Necesita nuevos astros. Aquel extraño ser, porque estaba convencido de que tenía vida, parecía jugar con él. Y aquello no le hacía ninguna gracia, pero lo motivaba a seguir persiguiéndolo. No obstante, cuando más oscura era la noche, desapareció. Se deshizo. Tal y como había aparecido.

Agachó la mirada decepcionado y regresó al bosque, siendo únicamente consciente en aquel instante de haber llegado a la frontera de su territorio. No se alejó demasiado, aunque cada amanecer retrocediera un poco más. Alguna noche creyó volver a ver aquel refulgente, aquel ser misterioso, aquel duende. Ante aquello su reacción fue girar el cuello, y devolver la mirada a la oscuridad de su bosque. Volvió a sentir la sed de sangre y la adrenalina de sus cacerías.

Pero por nada del mundo pudo olvidar aquel extraño ser, que de algún lugar lejano lo llamaba, siendo consciente de que atravesaría cualquier frontera con tal contemplarlo.

domingo, 16 de junio de 2013

Su sonrisa

Un mago me dijo una vez que la sonrisa era el espejo del alma. Tuve que hacerla sonreír a ella para comprenderlo.

Nunca le di valor a mi sonrisa. Era simple. Siempre había motivos. La pregunta, más bien, era: “¿por qué no?”. Siempre. Lucirla y compartirla. Como expresión de un estado del ánimo. Hasta que un día, me habló. Cuando la hice sonreír.

Recuerdo que no tenía motivos para hacerlo. Recuerdo que no encontraba la tontería adecuada. Recuerdo, que ni siquiera estábamos hablando. Fue en un silencio, uno de aquellos tan incómodos que temía. Escrutaba sus párpados cuando sentí cómo me acariciaba el pelo. Y la mejilla, y los labios, y la barbilla, y el cuello, y el pecho. Y el alma.

Era su timidez la que la hizo tan especial. Sonrió cuando no tuvo palabras. Era una sonrisa que nacía baja, y baja moría. Pero iba a morir a mis ojos, a los míos.


Mi siguiente recuerdo fue que las luces se apagaron.

sábado, 15 de junio de 2013

Mi jardín

Creía que las leyes de la física no existían en mi jardín. Quizás ese fuera mi (primer) gran error.

Pretendí regar cada flor con el mayor esmero, como si fueran únicas. Las quería -y las quiero- a todas por igual. Escucharlas, darles luz, recibir el oxígeno de sus fotosíntesis. Mantenerme con vida.

Hasta que la física me golpeó, demostrándome que mi jardín era demasiado grande, las distancias demasiado extensas, incluso para alguien como yo. Tampoco el agua era suficiente para abastecer a todas.

Me empeñé en abarcarlo todo, tirando siempre adelante con mis flores, hasta que un día la naturaleza me agarró y me dijo: "Déjame hacer".

Hoy en mi jardín hay flores marchitas de las que recuerdo su hermosura, flores que se van marchitando aunque no las piense dejar morir, y flores esbeltas, hermosas como ninguna, que día sí y día no me cuentan los secretos que todo ser alberga.

Decidí hacer caso a la naturaleza, y resignarme a ver a algunas perder su color y su brillo. Pero llega el verano, y mi mayor preocupación es si llegarán algunas vivas al otoño, sin conocer aún el parte de la primavera.

Mi mayor error fue creer que podía controlarlo todo.

martes, 11 de junio de 2013

Acantilado de luces

Me dijeron que podría ser demasiado peligroso ese asfalto. Y volví sobre mis pasos, hacia aquella montaña y aquella pendiente, aquella escalada.

Arriba, aún más arriba de mí, veía a las gaviotas respirando sal, planeando. Agarré con más fuerza si cabe la piedra que me mantenía pegado a la pared. Más consciente que ninguna otra vez de que soltarla significaba morir.

Pero soplaba la brisa tras mi hombro, y la gravedad se desvanecía y me permitía soñar con surcos de polvo. Dejarme caer, sonaba demasiado difícil. Aunque quizás mereciera la pena el golpe.

Me visitaron los murciélagos y los búhos. Me observaban silenciosos desde su mundo de luz, como observaba yo a la Luna que gobernaba la noche.

Me encanta pensar que sonríe por mí. Seguir sus ojos y ver cómo se funden con el mar, siempre abajo. Hermoso, pero siempre abajo.

¿Estará el agua fría?