sábado, 27 de abril de 2013

Bajar del barco


Elegí ser preso del barco que gobierno. Deseo, el viento. Remos de sentimiento. El corazón, mi timón. Me prometí ser fiel a mi lema de pirata, pero hay circunstancias personas especiales.

Estás tú, y sin dejar de estar yo, estás en mí. Te quise hacer mi Luna, y sin dejar de ser mi satélite, dejé de aullarte. No así de contemplarte. Dejé de ver el blanco de tus ojos; no así los átomos que mueves a cada movimiento.

Hoy el cielo está nublado y no veo tu sonrisa. Anclo y bajo a la orilla, caminando con los remos en tierra. ¿Alguna vez te has planteado bajar del barco para despejar el cielo?

jueves, 18 de abril de 2013

El payaso y el monje


En mi camino hay tierra, piedras y flores. Fango cuando llueve. Pero siempre hay un faro que me señala el camino. Siempre, aunque haya nubes que procuren ocultarlo. Tanto como ocultan el horizonte, que también sé que está aunque a veces no sé dónde.

En mi camino, puedo optar por una compañía. Un camarada de mi alma que alivia la agonía, de esta brújula enloquecida en un mar de arena fina. En la oscuridad se encuentra un payaso. En la luz se encuentra un monje. El primero parece reír a carcajadas; el segundo, sonríe con la faz calmada.

El payaso ríe a carcajadas, pero al acercarme, detecté la máscara que porta. Una máscara de pintura, una capa, que oculta unos labios rígidos y de curva cóncava. El payaso se presentó como Pagliacci, y me contó un chiste que no me hizo gracia, sino pensar. Pagliacci era solitario, reflexivo, de hábitos autodestructivos que le daban la vida. Cuando no tenía la máscara, Pagliacci miraba serio, y a los ojos.

El monje sonríe con calma. Al acercarme, pareció divertido. Pareció divertirle mi interés, mi curiosidad, quizás mi necesidad. Me acogió con un silencio que me abrazó, y no varió su expresión. Era puro. Me contó una fábula, que al principio no creí. Con el tiempo, la fui comprendiendo. Me hizo sentir la paz, o lo más parecido a ello. Me enseñó a racionar el tiempo, y a entender que veinticuatro horas pueden ser suficientes.

Regresé al camino, aceptando que en mi camino tendría que oscilar entre el monje y el payaso. Quizás nunca llegara a tomar una opción definitiva. O quizás sí.

viernes, 12 de abril de 2013

Estúpido


Eh. Estúpido. ¿En qué momento, eh? No sabría decir. Sí reconozco las causas, pero no me arrepiento de ninguna. De ninguna. Si volviera atrás, muy atrás, no tan atrás, sólo lo justo. A aquellos días en que era calma e ideas claras. A lo mejor no tenía ideas. A lo mejor no ha llegado el momento. A lo mejor no hay momento alguno. Qué idiota.

Yo elegí caminar y recorro un camino que reconozco como mío y no del resto, de nadie más. Es mío. Mi camino. El camino que me da la vida y la muerte. Lo recorro con entusiasmo y sobre todo, ambición. Siento que me salto los pasos una y otra vez… porque puedo. Porque puedo pese a saber que no es bueno para mí. No me digas lo que tengo que hacer, yo soy mi mayor crítico. No conoces mi exigencia. No soy ningún ejemplo a seguir, así que no te recomiendo seguir mis pasos, a nadie. Entre otras cosas, porque mi camino es mío.

Dijiste que no e incluso te lo hiciste tatuar en el vaho de la conciencia cada vez que cerrabas la cremallera. Y cumpliste, hasta cierto momento. Otra vez hablo de momento, ¿pero qué momento? Idiota preocupado por no encontrar cadáver. ¿Acaso no deja sangre arrancar el cuerno al unicornio? Pero sin cuerno seguiré siendo caballo. Y depende de mí ser alado, no de ti, ni de vosotros.

En el fondo todo es tan sencillo como sumergirse entre letras, tinta fresca o seca. Pero no es tan fácil, no en mi camino. Porque en mi camino hay piedras y hay flores que regar, flores que si no se riegan se marchitan. Hay luna y hay niebla. Unas veces una, y otras veces otra. Y yo en una eterna búsqueda que termina en mi bolsillo, o en el tuyo. Porque para que fuera tu bolsillo deberías de entrar en mi camino, y mi camino es mío. Tiene un precio dejarte pasar, y aun así, es tan fácil para ti entrar…

En el fondo quiero que resida en tu bolsillo, pero me asusta tanto… porque sé que no serás la única luna en mi sistema solar. Un sistema solar que rige mi dedo y que desvía tu mirada. Yo era león y ahora soy un lobo. ¿Puedo ser las dos cosas?

¿Ves esto? No son palabras, son sentimientos. Son mis venas que se abren para que alguien como tú las lea. No tienes ni idea.

Pero es mi camino. Debería llorar por los ojos aquel que no conoce el suyo. Es mi camino y a través de mi camino, no me esperas tú, me espera mi yo.

domingo, 24 de marzo de 2013

Aúlla al satélite


El lobo encontró su monte propio, solitario, refugio desde el cual observa a sus víctimas, a los vecinos a los que decide si respetar o aniquilar. Descubre su interior como nunca antes lo había sentido, y siente que solo es fuerte, que su individualidad es oro y su ego, conciencia.

Con las patas en la tierra, pero con una cabeza que no se ata a sus hombros.  Entre letras y pensamientos; abstracto. Él. Alquimia, conocimiento. Ciencia. Mentira. ¿Quién trae algo mejor? Eterno reto, desafío. A la vida, a la humanidad, cuando la esperanza otrora clara decae en oscuridad… y velas.

Porque el lobo sigue aullando al astro de luz. No deja de observarlo en busca de una señal. Ella lo mira y sonríe, sin ataduras. ¿Sonrisa de quién se sabe en las alturas o de quién realmente posee un interés? Eso sí, aunque él aúlla sabe que la Luna también lo admira. Siempre atento al satélite, aunque solo, siempre solo. Alguien por quién sacrificar silencios. 

Lo único que me asusta es que seas sólo una ilusión, que no seas cierta. Satélite.

viernes, 15 de marzo de 2013

Tormenta y alas.


Lualla y Biko.


L- Amenaza la noche con cernirse sobre mis hombros; candente, lejana, áspera. Mas no me importa.

B- Tan lejana como áspera y candente; mi corazón se desboca cuando la siente y anestesio mi piel como narcóticos.

L- ¿Y, de qué sirve? De nada si con ello duermo la llama que me enreda hasta la locura. La que me hace titubear bajo una lluvia que suena a triste, a quebranto y a crepitar del tiempo.

B- Quizás nuestro deber sea aceptar la tormenta, la guerra, la ausencia de paz en la conciencia si ella trae benevolencia con la más íntima esencia de nuestro ser. Y si no se estremece, no es.

L- Nadar contracorriente entre el vaho que ella deje, cubrir el corazón de tenues armaduras que le preparen para la batalla ante un mundo que se resquebraja sin piedad alguna bajo mis pies.

B- Para poca piedad la mía; es hora de que el mundo demuestre que puede estar a la altura. Y si no lo está poco me importa. Me preocupa mi alma, en la que confío para atravesar inmune laberintos de fantasmas…

L- …fantasmas que en noches como esta me susurran vanas melodías sobre lo que pudo y no fue…

B- Cantos de sirena para corsario de veleros; si no fue, se debe a que no lo mereció.

L- Mas ¿quién es el viento para decidir sobre el rumbo de tal velero?, ¿quién el oleaje para agitar su navegar?, ¿Cómo canta la sirena que nunca aprendió a nadar?

B- Pudiérase que Eolo o Neptuno decidieran el archipiélago donde creció la Hidra, mas al fin ya deduje que mis pisadas marcarán la arena del desierto que mi ego seduzca.

L- Seduzca. Enrede en la telaraña de la pasión las mañanas de soles inyectados en vena, de sueños que se tambalean entre sus dunas, atraídos por el respirar hondo de algo mayor.

B- ¿Y cómo tose ese señor mayor?

L- Qué se yo. Las veces agudo chirriar, otras, triste gemir, reír para sí, volar y dormir. Y luego despertar. Nunca alcanzo a entender, no llego más allá de su ser. Siempre despierta.

B- Puede que algún día lo halles postrado sin intención de abrir los ojos...

L- Y que, para cuando de él pueda beber, huya.

B- "Ojalá me quieras libre", dijo uno. Quizás el señor quiera verte volar despojada de cadenas.

L- No hallarás nunca tal ausencia de cordura, que Libertad es hada triste que muy pocos saben ver, que para cuando los grilletes rujan, la llama no habrá vuelto a prender.

B- ¿Y quién porta la antorcha que enciende la llama? Clama a tu alma responsable de tu condición, lo que ocurra en el entorno no importa si tu tobillo está frío.

L- Hallárala quizá en el suspiro de un soñar diferente, bastaría tal clamor para ahuyentar el frio.

B- ¿Sacrificarías tus alas con tal de que aquel pájaro ciego viera la luz?

L- Jamás. Le enseñaría a volar.

B- ¿Así que ostentas el don de enseñar a volar? Eso significa que volar es algo que ya aprendiste.

L- Vuelo en cada gesto, en cada reír. Vuelo en las caricias, en el fundirse del aliento en la nuca. Vuelo aunque la vida se vuelva marchita. Mucho antes que aprenderlo, lo inventé ¿Acaso hallara alguien vida más allá del extraño prender?

B- Yo temo que mis alas sólo prenden cuando vuelan solitarias. Desconfío de mi izquierda, de mi derecha, y del de adelante. Confío en el de mi espalda porque sólo sentí su respiración. No es que yo pretenda volar sólo; pero comienzo a asimilar que ese es mi mejor vuelo.

L- No lo creo. Aquellos osados para volar, corren el riesgo de caer ¿quién entonces no buscara la caricia de otra piel? Basta con saber revestir tal soledad de brisa leve que volando, deje volar.

B- Puedes tener razón, pero a diferencia de tu criterio yo desaprendería todo lo que sé del aire y de las nubes y de las corrientes por un nuevo batir de alas. Quién sabe, quizás sea ese el que me lleve a Helios y me haga arder…

L- Entre tanto dos locos agrediendo al silencio, haciéndolo gemir. Desgarrando ideas, sobre el desnudo papel. Entre tanto amenaza la noche. Candente. Lejana. Áspera.



FIN

domingo, 10 de marzo de 2013

Querido diario


 Esta semana no ha sido muy especial, pero sí que me ha servido para observar por mí mismo algunas lecciones que la vida te da. Si vas a clase, claro.

He comprobado que soy muy afortunado, casi privilegiado, por los problemas que tengo. Porque son unos, y no otros. En mi vida pueden ocurrir cosas demasiado bonitas y alegres, así como demasiado tristes y trágicas, como para estar serio y no disfrutar de ella con mis preocupaciones. Nada es imposible con trabajo, y la motivación depende de uno mismo. Y el dinero nunca puede interferir en tu felicidad, de ninguna manera.

También he comprendido que se puede querer a alguien con todo el corazón, aunque pasen días sin hablar. Que los de siempre son los de siempre, y que aunque hay muchos que no son para siempre, siempre hay unos pocos que sí lo son. Si lees esto como dices que haces de vez en cuando sabes que es por ti, hermano. Otras veces, hay personas que terminan siendo más de lo que creías, y que hay relaciones que la distancia hace más fuertes, sintiendo más cercanos los corazones que los cuerpos. Hay sentimientos que no se olvidan aunque se crean bajo tierra, y la música es una poderosa herramienta para resucitarlos.

No viene a cuento, pero también he comprendido que la razón nos motiva a dejar a un lado los prejuicios, pero es nuestra propia cabeza la que tiende a simplificar y asimilar una realidad o una persona nada más verla, produciéndose un prejuicio que resulta inevitable. También he descubierto que cada vez aguanto menos que me digan lo que tengo que hacer.

Y que aunque la humanidad por norma general sea una mierda y esté contaminada así como prostituida, aún quedan personas que merecen ser conocidas. Porque tienen estrella, porque tienen razón, inquietudes e intereses. Por esas personas la vida merece la pena. Y últimamente estoy teniendo la suerte de encontrarme con varias, y que me aprecien.

En mi último autobús de la semana me ha sucedido un detalle bonito. Iba de pie junto a una chica en la que no me fijé demasiado. Un asiento quedó vacío frente a los dos, y ninguno nos sentamos, pero a mitad de camino depositó en el asiento su billete de autobús transformado en un barquito. Tal fue mi curiosidad que pensé en cogerlo, pero no lo hice. Bajé del autobús sin parar de dar vueltas a un detalle tan  insignificativo, pero inspirador. Y esta ha sido mi semana.

viernes, 8 de marzo de 2013

La chica del autobús


 ¿Quién no ha soñado nunca con enamorarse en un autobús?... Sí, es cierto, muchos se conforman con enamorarse, pero yo siempre he soñado con enamorarme en un autobús.

Y será porque pese a mi elitismo ansío encontrarla o simplemente porque cojo muchos autobuses, pero tú sueles venir y hacer sonar el cascabel de la magia, incluso cuando no quiero sentirlo.

Puedes entrar con el escándalo de tu sigilo, luciendo tu cuerpo de mujer buscando con la mirada perdida un asiento que ya conoces de memoria, o puedes estar ya descansando con la cabeza apoyada en el cristal,  moviendo los labios dando formas a palabras que enarbolan al sabio.

Sea como fuere, yo estoy en mi asiento y tú en el tuyo. Y miro por si veo tus piernas, tus tobillos, tus manos o tus ojos. A ratos lees, a ratos escribes. Y yo me muero por leer lo que lees y por leer lo que escribes. Por meterme en tu cabeza antes que en tu boca o en tus pantalones. A pesar de ello, también quiero besarte.

Pero, como siempre, llegamos a nuestro destino y bajas delante de mí. Intento seguirte pero se cruzan en el pasillo piernas, codos y personas. Y te pierdo, para siempre, seguramente. Quizás debí pedirte las huellas de tus pisadas…

¿Quién no ha soñado nunca enamorarse en un autobús?