El silencio de la noche y el brillo cómplice de las estrellas que me devuelve la fe en mis actos. Despreciar lo vulgar y lo sencillo por el premio de lo extraordinario; estáis muy lejos de rozar lo que es mío.
Mi lucha contra vosotros, no pienso compartir con vosotros lo mágico. Algo que yace oculto y que no quiere mostrarse por miedo al oxígeno. Sé muy bien lo que me hago aunque tú no lo comprendas. No busco ni que lo entiendas.
Os rechazo, y siento que debéis sentir este sentimiento. No os sumerjáis en él, podéis salir heridos.
Otro fracaso, una nueva decepción. El abrazo que me doy y me satisface por completo.
Busca a otro, conmigo tu batalla está perdida. El viaje es largo si quieres comprender los motivos.
No necesito muchas líneas; con que sepas que debéis alejaros es suficiente.
Yo también soy carne, pero prefiero obviarlo.
sábado, 29 de marzo de 2014
martes, 11 de marzo de 2014
Lunes, miércoles y mayo
Lunes, martes,
miércoles. Y yo vivo el lunes pensando en el martes, y el martes en miércoles.
El frío de enero me recuerda al calor de agosto y la brisa de septiembre a la
lluvia y al viento de marzo y abril. Cuando pienso en mayo veo tu rostro.
Es el valor de las
cosas, lo que viven. La comodidad de lo que tienes y la incomodidad de lo que
se escapa a ti o se derrama por tus dedos. Como el cabello que fallece cuando
acaricio. La incertidumbre de mañana, de la mancha en la chaqueta. La altura de
la nieve, o de la marea.
Lo que poseo, no
porque se acurruque en mi pecho sino porque puede dejar de hacerlo. Con la
euforia primaveral o la melancolía del otoño. Pensar que puedes ser la hoja que
hoy piso, y que ayer gobernaste la copa de este árbol. Temer que no seas para
siempre.
Porque ya perdí lo que
más quise, diciéndole adiós, repasando con los dedos el trazo del tatuaje que
me hice. Sufro la demencia del pirata que no se baña en el oro porque teme
perder su plata. No saboreo la cena de hoy porque pienso en qué haré de comer
mañana.
Una eterna angustia
que me interroga por mi luz. “Apagada, supongo”, contesto, “así como va a
brillar”.
domingo, 26 de enero de 2014
La sonrisa que te robo
Rompí el hielo con fuego en la sangre y en los labios.
Me encontré con un muro de piedra que nos alejó, y no
intenté rodearlo.
Es más, cayó y lo levanté para y por mí mismo…
Hasta que te vi amanecer.
Los dedos de nuestras almas se enlazaron de forma tímida,
escondidos de indiscretos. La poesía tiene un precio que no pueden pagar y
seguimos ocultos en un guiño que desprende luz.
Leerte sin verte, te siento sin tocarte. Por nuestra lucha
contra los elementos, contra las leyes escritas. Por el aire que atrapamos. Por
seguir robándote sonrisas con silencios, caras largas, serias o a distancia.
Por el nervio en el labio y el baile del hoyuelo cuando te acaricio con
palabras y nos susurramos a gritos lo que sentimos.
martes, 21 de enero de 2014
Ensueño y cine
No recordaba haber escrito las palabras que ahora tenía
frente a mí, en el folio. Era mi letra, de eso no cabía ninguna duda. ¿Cuándo
lo había escrito? ¿Hace meses? Imposible, no las había extraído de ninguna
carpeta antigua. Comencé a leer y…
De repente sentí que me ahogaba. El mar y su cólera me
golpeaban y dirigían mi rumbo. No tenía oxígeno, tenía que buscar la
superficie. En mi lucha contra las aguas vi los restos de un naufragio. Vi
cuadros de mujeres bellas que se hundían sin remedio pasando por mi lado y vi
oro derramarse hasta el olvido. No podía detenerme; estaba comenzando a
desfallecer. Mis párpados no recibían impulso para permanecer abiertos, y mi
pulso dejaba de responder…
Su sonrisa me hizo mirar al suelo. Hierba fresca, y un tablero
de ajedrez. Cuando me atreví a volver a dirigir mi mirada hacia arriba, los
ojos de una joven morena me susurraban que había vuelto a perder la partida. El
movimiento grácil de sus manos, sugería volver a intentarlo. Sin saber cómo
mueve cada ficha, deslicé el peón más valiente para luego esperar un movimiento…
“Doctor, puede empezar”. Un pecho abierto me mostraba lo que
la piel esconde. Venas, sangre. Y un alma que lloraba desconsolada en el
interior. Como un bebé se acurrucaba en un espacio próximo al corazón, entre
los dos pulmones. Me miraba con temor, una sensación distinta al pavor que me
invadió cuando vi a quién pertenecía al cuerpo. Al ver su rostro inerte y su
pelo rubio recogido, supe que amaba a esa persona. Antes de terminar de
preguntarme qué estaba haciendo, mis manos actuaron solas haciendo gritar de
horror al alma…
Me sentía feliz. Los rayos de sol que la cristalera de la
estación de tren dejaba pasar dotaban a mi vestimenta de un brillo especial.
Ella me sonreía. Era hermosa y destilaba clase. Yo también iba elegante, pero
de un vistazo comprendí que yo no solía vestir así. Que no era natural en mí, y
que probablemente habría destinado todos mis ahorros para realizar el viaje de
etiqueta. Ella pasó primero. Ya en el interior del tren, se dio la vuelta para
dedicarme un beso. Sonreí e intenté seguir sus pasos. Pero mi billete no era de
primera clase. “Tú no puedes pasar”.
El canto de los pájaros me despertaron. Deduje que era
domingo y no debía ir a trabajar. Quería recordar tener un oficio. Un jefe y un
sueldo. Pero lo que más me importaba lo tenía junto a mí. O eso creí. Me miraba
sonriente pero inexpresiva. Sus labios rosados no expresaban vida y sus ojos no
brillaban. Quise pasarle un dedo por la nariz… pero no sentí su piel. Probé a
rozar su mejilla… pero mi mano la atravesó. Quise abrazarla… y terminé abrazado
a mí mismo.
Y es que tras tantos sueños, tras tantas películas… nunca te
tengo.
miércoles, 15 de enero de 2014
Lo que merezco
Ya descubrí que no estoy solo porque hay alguien más conmigo dentro de mi. Alguien magnífico o terrorífico, capaz de hacerme amar u odiar, hacer el bien o el mal. Hoy se que él, es decir yo, soy mi peor enemigo.
Todo se trata de prioridades, de miradas. Yo confundí el objetivo. Flaqueé en mi lucha a contracorriente y no quise aceptar mi condición mientras mi condición me abrazaba. Debo volver a darme la mano.
Sólo hay algo más difícil que ser preso de los sentimientos, y es ser esclavo de los complejos. Quiero volver a ser consciente de lo que soy, de ser distinto. De lo que somos, de ser distintos. Y dar gracias por lo que tenemos y es que, para bien y para mal, tenemos lo que merecemos.
Todo se trata de prioridades, de miradas. Yo confundí el objetivo. Flaqueé en mi lucha a contracorriente y no quise aceptar mi condición mientras mi condición me abrazaba. Debo volver a darme la mano.
Sólo hay algo más difícil que ser preso de los sentimientos, y es ser esclavo de los complejos. Quiero volver a ser consciente de lo que soy, de ser distinto. De lo que somos, de ser distintos. Y dar gracias por lo que tenemos y es que, para bien y para mal, tenemos lo que merecemos.
martes, 7 de enero de 2014
Perdidos
Estuvimos más unidos que nunca cuando más lejos nos encontrábamos y pude sentir tu alma en mi piel sin ver tu cuello. Nos dedicamos las palabras más sinceras y hermosas que unos labios pueden pronunciar. Los sentimientos nunca mienten.
Paseamos al alba, y al alba te perdí. Te juro que peleé por ti y nunca te olvidé. Te guardé en el cajón de las cosas que me importaban, y aunque le puse un candado, siempre conservé al cuello la llave. Bañada en oro. Pesada. Sus tintineos golpeaban mi pecho de forma insistente, preguntándome dónde estaba ese ser maravilloso que otrora inundaba mi corazón, perdido tras el pasar de los días del calendario, de sus hojas y sus meses.
Volvimos a darnos la mano, y salvamos la mística del pozo de aguas tenebrosas en el que se ahogaba. Volvió el brillo, resbalaron lágrimas... Pero volvió a apagarse el sol y nos perdimos, tanteando el espacio sin encontrar las manos.
Hoy, recuerdo que un día te dije que sería para siempre. "Un siempre tatuado en la muñeca". Te mantengo en mi pecho, en las velas a las que rezo siendo ateo. Sigo creyendo en ti, y me consta que tú también me mantienes vivo. No obstante, a veces pienso si esto está muerto, si sus pulsaciones decayeron y nunca más alzaron bandera. Quiero creer que no, que aún hay magia.
Lucha por nosotros.
Paseamos al alba, y al alba te perdí. Te juro que peleé por ti y nunca te olvidé. Te guardé en el cajón de las cosas que me importaban, y aunque le puse un candado, siempre conservé al cuello la llave. Bañada en oro. Pesada. Sus tintineos golpeaban mi pecho de forma insistente, preguntándome dónde estaba ese ser maravilloso que otrora inundaba mi corazón, perdido tras el pasar de los días del calendario, de sus hojas y sus meses.
Volvimos a darnos la mano, y salvamos la mística del pozo de aguas tenebrosas en el que se ahogaba. Volvió el brillo, resbalaron lágrimas... Pero volvió a apagarse el sol y nos perdimos, tanteando el espacio sin encontrar las manos.
Hoy, recuerdo que un día te dije que sería para siempre. "Un siempre tatuado en la muñeca". Te mantengo en mi pecho, en las velas a las que rezo siendo ateo. Sigo creyendo en ti, y me consta que tú también me mantienes vivo. No obstante, a veces pienso si esto está muerto, si sus pulsaciones decayeron y nunca más alzaron bandera. Quiero creer que no, que aún hay magia.
Lucha por nosotros.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Agua de colores (9 años)
Soraya era una niña de once años que vivía en Guinea
Ecuatorial, pero por culpa de la pobreza su familia tomó la decisión de
marcharse en busca de un mejor futuro y una vida mejor.
Después de mucho viajar encontraron un pueblo de Andalucía en
el que se quedaron a vivir. A su padre le costó mucho encontrar trabajo, pero
lo encontró: un trabajo de pescador.
Soraya entró en un colegio llamado “Gran Fraternidad”. Allí
las cosas no le fueron muy bien: ella se presentó a su maestra, Lupita Gómez,
pero durante las clases nadie le dirigió la palabra. Aunque lo peor ocurrió en
el recreo, cuando todos los niños y niñas se burlaron de ella; todos menos uno,
llamado Federico, que había tenido la misma suerte que Soraya.
Federico era un niño muy tímido y también uno de los alumnos
más apreciados de la profesora por su gran amabilidad. Federico sentía un gran
interés por conocer a Soraya, pero no se atrevía a presentarse. Los niños
descubrieron su secreto y lo llevaron hasta Soraya. Una vez frente a frente,
Federico se puso colorado sin saber qué hacer, pero entonces Soraya empezó a
hablarle y también él habló. Así pasaron días y días hasta que su amistad se
hizo natural: siempre iban cogidos de la mano y continuamente charlaban. Poco a
poco, los demás trataban a Federico como a un extraño más. Federico perdió
muchas amistades, pero la que había encontrado ahora era mucho mejor: había
encontrado a Soraya.
Un día en que los niños amenazaban a Federico e intentaban
pegarle, Soraya, que paseaba a su nuevo perro, se acercó a ellos para
ahuyentarlos. Los niños huyeron y Soraya pudo así ayudar a Federico. El perro
de Soraya era enorme, parecía un lobo y, de hecho, se llamaba Lobi; sin embargo
era un perro muy juguetón y apenas se enfadaba, al contrario, le encantaba que
le hicieran cosquillas en la barriga.
Un día la niña se puso enferma y no pudo ir a las clases. Su
madre fue a hablar con la profesora, pero encontró a Federico y él se lo
comentó a la profesora. Enseguida se ofreció a ayudar a su amiga. Por la tarde
iría a casa de Soraya.
Soraya estaba muy enferma. Su madre sabía cómo curarla, pero
no tenía el remedio curativo. Federico preguntó si podía hacer algo. Entonces
la madre le explicó que en aquel monte existí un antídoto, pero era muy difícil
conseguirlo: primero tendría que llover y cuando apareciera el arco iris habría
que conseguir agua bañada en sus siete colores.
Federico fue al monte a buscar aquella extraña medicina
porque tenía la fe de poder ayudar a su amiga. Para llegar tuvo que vencer
muchas dificultades. De pronto se puso a llover, apenas se veía el camino,
Federico resbaló y cayó al barro. De repente..., no podía creer que le estuvieran
ayudando…, ¡eran sus amigos! Lo ayudaron a levantarse y a continuar la búsqueda
juntos.
Siguieron avanzando hasta la cima de aquella montaña. Allí
apareció el arco iris, ¡no había parado de llover! En aquel momento se abrió
una puerta en el arco iris: en su interior había un mundo de fantasía en el que
se adentraron, todo tenía nos colores muy intensos allí. A lo lejos apareció
una figura acercándose: era el mismo rey Iris, el que tanto salía en los
cuentos. Y fue el propio rey quien le entregó el antídoto a Federico: el
antídoto que sanaría a su amiga.
Salieron del arco iris y fueron a casa de Soraya. Ella
estaba cada vez peor, casi no podía respirar. Federico le dio el bebedizo.
Pasaron cinco segundos… Pasado ese tiempo Soraya abrió los ojos. ¡Soraya sanó! ¡Y
qué contenta se puso al ver que tenía a tantos amigos cerca!
A partir de ahí, todo fue normal para Soraya, todos la
trataban como a cualquier otra niña, pero Federico siempre la apreciará entre
todas las demás.
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