martes, 7 de agosto de 2012

Contracorriente.

Eché la llave y comencé a andar. Harto de estar encerrado en casa, comprendiendo que Inspiración había salido a tomar una copa, huí a respirar el aire nuevo. No iba arreglado, ni siquiera peinado, pero claro, llevaba años sin hacerlo. La barba de tres días, o cuatro, no sé, quizás cinco. Mi única compañera, mi mochila, herida de gravedad por las trincheras que ha atravesado a mi espalda. En su interior, mis tres compadres, los únicos sin los que, he de reconocerlo, no podría continuar escalando. Libreta, estilo, libro.

El sol apagaba la luz de su mesita de noche cuando arribé al pueblecito más cercano. A la entrada, una humilde parada de autobús atestada de gente. Unos mayores, otros más jóvenes, pero la mayoría, de mi edad. Yo llegaba, ellos marchaban. Todos muy elegantes, por cierto, pese a que el frigorífico de muchos de ellos esté falto. Hoy era noche de fiesta. Noche de lujuria, pasión, ostentación, exceso, y por último, goce.

Pasé de largo y continué mi camino sin destino. Decidí reposar en una colina desde la cual podía divisar el pueblo desde arriba. Silenciosos, los ancianos descansaban, los adultos deambulaban, los jóvenes huían. Saqué la libreta y con el estilo de mi mano, comencé a escribir el paisaje.

Mis párpados se abrieron con los primeros destellos de luz. Tomé el camino de vuelta y durante la misma, me tropecé con aquellos jóvenes que huyeron del lugar donde yo había encontrado la paz. ¡Vaya caras! Las cremas de ellas reflejaban haber llorado durante la noche, los rostros de ellos mostraban otros productos de belleza que obviamente no les eran propios. Las medias rasgadas de ellas reflejaban la adrenalina del sexo; las camisas arrugadas de ellos, el trabajo bien hecho. Los tumbos del pelirrojo, el que sabe que ha hecho algo mal. El rostro serio del inmaculado, el que no hizo los deberes. Las risas divertidas de ellas reaccionaban ante lo que su amiga se había tragado. Una noche de historias, sin duda.

¿Pero quién dice que esas historias fueran mejores que la mía? La noche fue mágica, mereció la pena, si yo tenía una gran historia, o en su defecto, un par de frases buenas...

Paz!

viernes, 27 de julio de 2012

18.


 Hoy es mi cumpleaños.  Hoy es el día en que todo el mundo te quiere un poco más de lo normal. Los que nunca pensaron en ti, hoy descubren su amor por ti. Los que te odian, o te siguen odiando o camuflan ese odio, pero no te dicen que te odian. Hoy es el día de las interminables llamadas de teléfono. Todas tan secas, tan rutinarias, tan iguales, tan oficiales… Nunca me gustaron mis días de cumpleaños. Esos días en los que pareces iluminado por algún foco extraño que te hace protagonista, en los que todo el mundo espera que hagas algo espectacular, algo deslumbrante, algo inolvidable. ¿Y por qué? Porque es el día de tu cumpleaños. Para mí todos los días son especiales. Todos los días hay algún motivo para sonreír más que el día anterior, pero menos que el siguiente. Y no por ser hoy el día de mi cumpleaños, mañana va a dejar de ser un día único.

 Pero hoy no es un cumpleaños cualquiera. Cumplo dieciocho años. Eso implica un cambio en mi vida irremediable e imposible es el volver atrás. Me convierto en un adulto, y debo ser yo mismo el que responda por mis actos. Es hora de ser responsable. Aunque, por otro lado, ¿es una ley la que te dice cuándo eres adulto? Es decir, ¿a partir de ahora soy más hombre? No.

 Si hoy según la ley me convierto en mayor de edad, es gracias a mi familia. Gracias a los que me han inculcado los mejores valores que conocen para convertirme en el día de mañana en una persona de provecho, en una persona íntegra. En una buena persona. Gracias a mi padre, que me enseñó que la honestidad en el trabajo era lo más importante. Que quién engaña, tarde o temprano, lo paga. Gracias a él también por enseñarme que el mundo sin la risa no suena tan bien, y que siempre es momento para sonreír. Papá, te quiero. Gracias a mi madre, que me enseñó a sacrificarme por mi familia, por aquellos que siempre están ahí. Me enseñó a entregar un amor incondicional, que tarde o temprano, será devuelto. Mamá, te quiero. Gracias a mi hermano Víctor, por permitirme el mirarle a los ojos y ver reflejado todo lo que yo fui un día, los errores que cometí y las pequeñas cosas que tanto disfrutaba y sigo disfrutando. Hermano, te quiero.

 No me olvido del resto de mi familia, de los que tan orgulloso me siento, y con los que siempre me agrada estar. Junto a ellos, también os agradezco a vosotros, mis amigos, algunos que me estáis leyendo algo menos que eso y otros, mucho más, casi miembros de la familia. Gracias por ayudarme a ser como soy. Gracias a la naturaleza, por mostrarme una vía de escape cada vez que necesito respirar. Gracias al arte, a la música, a la escritura, por enseñarme que otra forma de ver la vida es posible.

 Gracias a todos vosotros, hoy me siento muy orgulloso de ser quién soy. De ser cómo soy. De pensar como pienso. De sentir como siento.

 Hoy es un día especial, y por ello voy a celebrar mi dieciocho cumpleaños de una forma original en estos tiempos; con mi familia. Con los que siempre están ahí. Los que me dicen que me quieren todo el año, no sólo el día de mi cumpleaños. Este día es para ellos.

Paz!

domingo, 22 de julio de 2012

Huida.


 Abrí la puerta del piso derramando lágrimas sobre la llave. Una vez más. Otra de tantas. ¿Cómo esquivar tantos puñetazos? Era abrir la puerta, la maldita puerta… y empezaba todo. Un torbellino de tormentos, sufrimientos y llantos, suicidios en el vecindario, embarazadas desesperadas porque traen al mundo una desgracia y no una luz…

 Me daña. Me daña la luz del sol, la luz de las farolas. Luz de luciérnagas, luz de cigarrillos… Salir a la calle me resulta un martirio. Un sacrificio que no estoy dispuesto a realizar. No pienso sangrar por lo que veo ahí fuera, por ese mundo artificial falto de colores.

 Por tanto vuelvo a mi piso. Por tanto vuelvo a mi cuarto. A mi cuarto de paredes vacías de muebles, pero llenas de sentimientos, de pensamientos, de colores. En mi cuarto no hay ventanas; yo dibujo mis vistas. Cierro los ojos y me evado. Muchos dicen que es peligrosa, que es adictiva, que te desposee de ti mismo y te hace actuar como una persona que realmente, no eres tú. Pero yo siempre esquivé sus acusaciones, sus dedos que me señalan amenazantes. Me abandono a ella y echo a volar sin alas. Actividad frenética seguida de un tembleque extraño. La paz.

 Sin ella no soy nada, sólo polvo sin amor. Llámala imaginación, poesía, escritura o arte. Yo la llamo demencia, ya que de tener algo de cordura, dejaría de ser libre.


 Paz!

lunes, 16 de julio de 2012

Caos.

 Acabo con literatura de nube de azúcar y bajo al barro. La situación económica, social y de valores de España empieza a tocar fondo. ¿Alguien en pleno ejercicio de su juicio cree que Rajoy imagina alguna solución? ¿Alguien cree que va a conseguir algo distinto a asentarnos en la miseria en que la política del PSOE nos introdujo, y gracias a la cual la izquierda en nuestro país está totalmente desvirtuada? Repito, ¿alguien cree que esto tiene alguna solución posible?

 El sistema económico ha conseguido lo que buscaba: enriquecerse y provocar el hambre en los ciudadanos. Acabar con la clase media. Aún no sabemos lo que es inmolarse por no tener pan, pero porque no miramos a Grecia. Aunque tranquilos, en poco lo tendremos aquí. ¿Tiene remedio esta enfermedad que es el envenenado capitalismo? Parece que no, y si la hay, a lo mejor no conviene que se encuentre. Por eso la única solución a esta crisis es la alternativa, no la reformulación del mismo modelo. Y la alternativa no es socialismo. Se necesitan ideas nuevas.

 Siempre creí, y sigo creyendo, en la fuerza de la palabra para convencer e imponer ideas. Por ello defendí (y defiendo) la democracia. Pero esto no es una democracia, no se escucha al ciudadano. La democracia nace en Grecia, y esto no es una democracia. Por ello hoy apelo a la destrucción de esta democracia. Un día creí en la vía pacífica, pero me temo que llegará el momento en que solo quede la insurrección. Y ese día habremos de brindar. Se necesita fuego.

 Hoy apelo al caos. Porque si este sistema, ideado por "cuerdos", nos ha llevado a la crisis de valores actual, necesitamos un sistema de "locos". Y es que, como el Joker dice, "el caos es justo". Dicen que la energía ni se crea ni se destruye, pero muchos pensadores afirmaron que para que exista el COSMOS, tiene que haber antes un CAOS. Hoy debemos volver a ese caos, y crear un nuevo orden. Necesitamos derribar los cimientos de este sistema. Despierta. Cuestiona. Desafía. Porque para que haya evolución, tiene que haber revolución. Para que haya nacimiento, tiene que haber muerte. Para que haya creación, tiene que haber destrucción. Para que haya cosmos, tiene que haber caos.


Paz!

miércoles, 11 de julio de 2012

Sirenas V.

 Seguí navegando. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver? No. Las gaviotas continuaron tentándome. Llegué a rozarlas pero no, no caí en su juego. Creí divisar más colibríes, pero no, eran simples aves pequeñas. Comencé a escribir, y con ello, a reflexionar. Así, extraje mis propias conclusiones.

 El amor es engañoso. El amor es un mar y un cielo inmenso. Sin embargo, todo es una ilusión. Una ilusión que protege el amor puro, el amor verdadero, el cofre del tesoro que descansa en el fondo. Aquel que te hace volar. Aquel que te hace perder la noción del tiempo. Aquel que te hace llorar entre risas y reír entre lágrimas. Ese amor es el que vale. Porque para volar con el alma, las alas no son necesarias.

 Puedes llegar a pensar que no, pero a todos nos espera una sirena. Pero ten cuidado, porque puedes confundirte. Eso sí, cuando la hayas encontrado, lo sabrás. Yo sigo buscando mi sirena. Por eso continúo surcando los mares. Esto lo viví yo en primera persona. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar.



                                                            FIN


SIRENAS.

domingo, 8 de julio de 2012

Sirenas IV.

 Tras mi desencuentro con la gaviota, no me quedó otra que continuar mi loca aventura, la cual había empezado a convertirse en una búsqueda impaciente. A los pocos días mi alivio aumentó al volver a ser invitado y tentado por otras gaviotas. No volví a caer en su juego, y concluí que no podían ser ángeles por ninguna de las maneras, ya que éstos debían no ser tan numerosos y, sobre todo, no tan fáciles de encontrar.

 Me sumergí en una inusitada comodidad, tan solitario como estaba aunque en aparente armonía con mi universo, en mi vieja barca. Surcaba el mar y me imponía a las olas. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar. Me encontraba eufórico. Exultante. Mi ego, insultante. Creí enamorarme de mí mismo. Sin embargo, cuando mejor me sentía, todo cambió.

 Creo que empezó cuando un zumbido permanente se instaló en mi tímpano. Me giraba y buscaba. Me giraba y buscaba. Pero no encontraba el origen de aquel extraño zumbido. Desconocía de dónde había llegado, dónde estaba y dónde terminaría. Creo que ahí fue cuando perdí la cordura.

 Pasé varios días inmerso en una espesa niebla que cegaba ya no mi vista sino mi razón. Por supuesto, el zumbido persistía en mi tímpano. Hasta que lo encontré- Al principio no estaba seguro de que fuera aquel pequeño ser el que producía aquel zumbido, pero el hecho de que se apoyara en la proa de mi vieja barca, disipó mis dudas.

 Me daba la espalda. Parecía ignorarme. Me estaba volviendo loco, y decidí ir a por él. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, echó a volar como una centella. Era un colibrí. Pensé haberlo perdido, pero regresó. Aprecié su hermosura. Su belleza era auténtica. Y no sólo por su colorido plumaje, ni por su largo pico, sino por su interior. Nunca había entrado en contacto con el alma de un ave, pero sabía que existía; me lo decían sus ojos. Porque sus ojos me miraban de verdad. Comencé a llamarlo, y lejos de asustarse, acudió. Se posó en mi mano. Más tarde, en mi hombro. Me sentí afortunado.

 Seguía rodeado de niebla, pero me sentía seguro con aquel agradable colibrí. Era dulce sin dejar de ser divertido. Delicado sin dejar de ser activo. Decidí extraer mi dibujo. Sin duda, aquel ave no era una sirena, pero, ¿quién decía que el amor no pudiera adoptar aquellas formas?

 Me convencí de que al fin la había encontrado. Era hora de regresar. ¿Si no era aquel ave la sirena que buscaba, quién iba a serlo? Le entregué mi amor. Y en ese momento, desapareció. ¿Para siempre? Yo me quedé solo. Buscándolo. Yo, que no sabía nadar, mucho menos, navegar.

viernes, 6 de julio de 2012

Sirenas. III.

 Comprendí que mi aventura era demasiado excitante como para abandonar por el hambre, y por ello aprendí a dosificar mis provisiones haciendo disminuir mis necesidades. Sólo haciendo de mi necesidad insatisfecha, de mi sed y de mi hambre, algo metafísico, pude seguir avanzando.

 Tuve que esperar varios días y varias noches para recibir a mi segunda visita. Paciente, yo observaba el cielo deleitándome con su amplitud. Entonces la vi. Fue fugaz como una estrella. Se fundió con el sol, y me pareció verla besar uno de sus destellos. Seguí con la mirada su vuelo, pero me pregunté: ¿acaso vuelan las sirenas? Abría sus alas, tomaba impulso, y volvía a caer. Pensé que quizás pudiese ser un ángel. Mas no, yo buscaba sirenas.

 De repente, aquel extraño ser bajó del cielo y se posó en la barca. Era una gaviota. Nuestras miradas se cruzaron,  y vi un destello. El ave poseía algo que me atraía profundamente. Realmente, me pareció bello. Podría afirmar que permanecimos horas y horas observándonos, eso sí, a una distancia prudencial. Pero me resulta imposible llevar a cabo dicha afirmación con total certeza, y es que perdí la noción del tiempo. Por un momento, pensé que aquella gaviota era la razón de mi descabellada aventura. Pensé que con ella a mi lado, ya lo había visto todo. Vimos al sol nacer, y también morir. Supo abrir la puerta de mi imaginación, sin duda, pero no la de mis sentimientos más profundos, más íntimos, más reales.

 Un día, el ave alzó el vuelo y marchó lejos. No miró atrás. Pese a mis dudas, he de decir que lamenté profundamente su marcha. ¡Y mira que me advirtió! Llegué a pensar que a lo mejor había perdido a la sirena, o ángel, que daría sentido a mi  vida.

 Entonces recordé. ¡Mi dibujo! Enterrado bajo un montón de cosas inútiles, encontré el dibujo de lo que yo, que no sabía nadar, mucho menos navegar, entendía por amor. Suspiré aliviado al comprobar que, en efecto, la gaviota pudo ser un ángel, pero no una sirena. Y yo buscaba sirenas.