lunes, 13 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo II

II



Comencé a trabajar para los Zaho cuando la pequeña Silvia tenía cuatro años. Recuerdo el sol de aquel verano. Echando la vista atrás, nunca se metieron en mi trabajo: yo cumplía, ellos pagaban… al menos al principio. Por aquel entonces –verano de 1996- los Zaho vivían en Coret, un pueblecito a las afueras de Orelan, donde trabajaban Robert y Maggie.

Me ocupaba de un jardín precioso, pero mal cuidado. Me costó entender que pudiera desatenderse de aquella forma la belleza. Robert solía dejarme el periódico al mediodía tras haberlo leído él, y en ocasiones me permitía llevármelo. No obstante, no cruzábamos palabra. Tampoco lo necesitaba. Maggie solía traer un zumo y algún dulce cuando el sol apretaba. Ella era educada con las palabras.

No podía quejarme de mi situación: trabajaba en lo que quería, sin ser molestado, con un material de lujo, y me pagaban bien. Los Zaho parecían satisfechos. Sin sobresaltos… hasta aquel día. Me hallaba concentrado en una poda cuando escuché a mi espalda que algo se zambullía en el agua de la piscina: la pequeña Silvia se ahogaba. Sin pensarlo dos veces me lancé de cabeza y conseguí rescatar a la niña antes de que fuera demasiado tarde. Tras asegurarme de que Silvia respiraba, me dejé caer en el césped, abatido.

Atónito, me paré a pensar en que los Zaho continuaban inmunes a lo sucedido. Cargué a Silvia en brazos y me aproximé a la puerta de la casa, golpeando el cristal. Robert abrió y nos dio la espalda sin dejar de hablar por su móvil. Ni se había percatado de la toalla que envolvía el menudo cuerpo de su hija. Silvia podía haber muerto ahogada perfectamente tras el despiste de una puerta abierta al jardín.

Decidí no informar a los Zaho de lo sucedido, pero Maggie me encontró con la pequeña en medio del salón. La madre exageró su sorpresa y se ocupó de la niña. Yo miré fijamente sus ojos, y volví al trabajo. Desde aquel momento, Silvia pareció asimilar desde su infantil ignorancia, o inocencia, que me debía algo. Comenzó a frecuentar visitas hacia el jardín, recibiendo yo una doble responsabilidad, ésta segunda como niñera.

Tengo que reconocer que ya por entonces los mechones rubios de Silvia se dejaban caer sobre unas mejillas carnosas que aullaban a dos lunas verdosas. La niña se convirtió en mi mejor compañera. A cambio, yo la protegía de las arañas que tanto la asustaban.

domingo, 12 de mayo de 2013

Puzzle de Medianoche: Capítulo I


I


Realmente, no sé muy bien qué cojones hago a estas horas de la noche escribiendo esto. Estoy tratando de contar una historia que merece ser escuchada, pero me faltan datos. Estoy tratando de introducirme en la cabeza de una mujer sin serlo. De sumergirme en sus pensamientos, emociones y sentimientos. Qué coño, estoy tratando de bucear en su subconsciente. Y todo sin haber escuchado nunca a una mujer, o al menos, nunca del todo.

Yo conocí a Silvia. Yo la vi crecer; saludar, besar y escupir a la vida, hasta que la vida la escupió a ella –antes que a mí-. La vi dando su primer beso. La vi reír y me ofreció su sonrisa; la vi llorar, y le ofrecí mi hombro. Yo supe cuando perdió la virginidad, aquella tarde de finales de marzo. Yo le di fuego en sus primeros cigarros; yo la vi liando sus primeros porros. La vi cuando volvió a casa con una cicatriz en la cara por un accidente con su moto y la vi llegar con el coche destrozado conduciendo sin carnet.

Pero no, yo no soy su padre. Esa responsabilidad corresponde a Robert Zaho, un politicucho del Partido Este. Ya saben, el típico idiota que termina introduciéndose en política, ganando dinero y fama a costa de ser humillado en su infancia. Casado con la madre de la criatura, Margaret Pollard. Si les soy sincero, nunca se quisieron. Conveniencia, o eso dicen. ¡Y eso que yo creía que aquello ya quedó atrás! La experiencia me demuestra que lo que ha quedado atrás, es el romanticismo.

Pero ni tengo toda la noche ni les interesa la opinión de este vagabundo. Porque, a propósito, soy vagabundo. Un pobre. Un sin techo. Sin techo y sin paredes en las que apoyarme, y no hablo de cemento. Pero hubo un tiempo en que yo tenía un trabajo al que podríamos catalogar de decente. También una casa, aunque no estuviera a mi nombre. Porque tengo un nombre, ¿saben? Es de lo poco que me queda. Se lo diré por si muero congelado –o me matan, quién sabe- antes de terminar esta historia, lo cual sin duda sería una verdadera lástima.

Mi nombre es Óliver Pramol, y fui jardinero de la familia Zaho cuando Silvia comenzó a construir su puzzle.

viernes, 10 de mayo de 2013

PRÓLOGO "PUZZLE DE MEDIANOCHE"


El ser humano es simple. El hombre es sencillo y por regla general, inútil. Una vida es demasiado leve, demasiado frágil, demasiado fina... Alrededor de 90 años, trescientos sesenta y cinco días, un día son veinticuatro horas. Y algunos duermen durante más de diez de las veinticuatro. ¿Y qué es una hora?

Para colmo de lo absurdo, nos empeñamos en diseñar la vida. Con locura, pintamos usando témperas las paredes del dormitorio del recién nacido. Dejamos migas de pan en el camino que deberá recorrer, no en el que ha dejado atrás. Respeta a tu familia, busca la armonía. Ama a alguien de distinto sexo, ten un trabajo decente que te permita levantar la cabeza al volver a casa. Ten hijos. Ahí cambia tu posición en la cadena, que vuelve a empezar para otra persona. Sólo la religión comienza a ser prescindible. Todo lo que signifique escapar a esta red condena al individuo al ostracismo, a la marginación.

Podría decirse que cada ser humano es encuadrado en un puzzle de un millón de piezas desde su nacimiento. El problema es que la luz le golpea siendo una sola, y cuando por fin respira por sí mismo, no llega a las cinco. A pesar de esto, ya hay un puzzle para el ser. No contamos con piezas que no encajan porque no encuentran su lugar, con piezas que no encajan y deberían, piezas que encajan y no deben...

Giran la mirada cuando encuentran un puzzle roto, arrojado en un contenedor, sólo porque no encajaron las piezas que ellos quisieron que encajaran...

sábado, 27 de abril de 2013

Bajar del barco


Elegí ser preso del barco que gobierno. Deseo, el viento. Remos de sentimiento. El corazón, mi timón. Me prometí ser fiel a mi lema de pirata, pero hay circunstancias personas especiales.

Estás tú, y sin dejar de estar yo, estás en mí. Te quise hacer mi Luna, y sin dejar de ser mi satélite, dejé de aullarte. No así de contemplarte. Dejé de ver el blanco de tus ojos; no así los átomos que mueves a cada movimiento.

Hoy el cielo está nublado y no veo tu sonrisa. Anclo y bajo a la orilla, caminando con los remos en tierra. ¿Alguna vez te has planteado bajar del barco para despejar el cielo?

jueves, 18 de abril de 2013

El payaso y el monje


En mi camino hay tierra, piedras y flores. Fango cuando llueve. Pero siempre hay un faro que me señala el camino. Siempre, aunque haya nubes que procuren ocultarlo. Tanto como ocultan el horizonte, que también sé que está aunque a veces no sé dónde.

En mi camino, puedo optar por una compañía. Un camarada de mi alma que alivia la agonía, de esta brújula enloquecida en un mar de arena fina. En la oscuridad se encuentra un payaso. En la luz se encuentra un monje. El primero parece reír a carcajadas; el segundo, sonríe con la faz calmada.

El payaso ríe a carcajadas, pero al acercarme, detecté la máscara que porta. Una máscara de pintura, una capa, que oculta unos labios rígidos y de curva cóncava. El payaso se presentó como Pagliacci, y me contó un chiste que no me hizo gracia, sino pensar. Pagliacci era solitario, reflexivo, de hábitos autodestructivos que le daban la vida. Cuando no tenía la máscara, Pagliacci miraba serio, y a los ojos.

El monje sonríe con calma. Al acercarme, pareció divertido. Pareció divertirle mi interés, mi curiosidad, quizás mi necesidad. Me acogió con un silencio que me abrazó, y no varió su expresión. Era puro. Me contó una fábula, que al principio no creí. Con el tiempo, la fui comprendiendo. Me hizo sentir la paz, o lo más parecido a ello. Me enseñó a racionar el tiempo, y a entender que veinticuatro horas pueden ser suficientes.

Regresé al camino, aceptando que en mi camino tendría que oscilar entre el monje y el payaso. Quizás nunca llegara a tomar una opción definitiva. O quizás sí.

viernes, 12 de abril de 2013

Estúpido


Eh. Estúpido. ¿En qué momento, eh? No sabría decir. Sí reconozco las causas, pero no me arrepiento de ninguna. De ninguna. Si volviera atrás, muy atrás, no tan atrás, sólo lo justo. A aquellos días en que era calma e ideas claras. A lo mejor no tenía ideas. A lo mejor no ha llegado el momento. A lo mejor no hay momento alguno. Qué idiota.

Yo elegí caminar y recorro un camino que reconozco como mío y no del resto, de nadie más. Es mío. Mi camino. El camino que me da la vida y la muerte. Lo recorro con entusiasmo y sobre todo, ambición. Siento que me salto los pasos una y otra vez… porque puedo. Porque puedo pese a saber que no es bueno para mí. No me digas lo que tengo que hacer, yo soy mi mayor crítico. No conoces mi exigencia. No soy ningún ejemplo a seguir, así que no te recomiendo seguir mis pasos, a nadie. Entre otras cosas, porque mi camino es mío.

Dijiste que no e incluso te lo hiciste tatuar en el vaho de la conciencia cada vez que cerrabas la cremallera. Y cumpliste, hasta cierto momento. Otra vez hablo de momento, ¿pero qué momento? Idiota preocupado por no encontrar cadáver. ¿Acaso no deja sangre arrancar el cuerno al unicornio? Pero sin cuerno seguiré siendo caballo. Y depende de mí ser alado, no de ti, ni de vosotros.

En el fondo todo es tan sencillo como sumergirse entre letras, tinta fresca o seca. Pero no es tan fácil, no en mi camino. Porque en mi camino hay piedras y hay flores que regar, flores que si no se riegan se marchitan. Hay luna y hay niebla. Unas veces una, y otras veces otra. Y yo en una eterna búsqueda que termina en mi bolsillo, o en el tuyo. Porque para que fuera tu bolsillo deberías de entrar en mi camino, y mi camino es mío. Tiene un precio dejarte pasar, y aun así, es tan fácil para ti entrar…

En el fondo quiero que resida en tu bolsillo, pero me asusta tanto… porque sé que no serás la única luna en mi sistema solar. Un sistema solar que rige mi dedo y que desvía tu mirada. Yo era león y ahora soy un lobo. ¿Puedo ser las dos cosas?

¿Ves esto? No son palabras, son sentimientos. Son mis venas que se abren para que alguien como tú las lea. No tienes ni idea.

Pero es mi camino. Debería llorar por los ojos aquel que no conoce el suyo. Es mi camino y a través de mi camino, no me esperas tú, me espera mi yo.

domingo, 24 de marzo de 2013

Aúlla al satélite


El lobo encontró su monte propio, solitario, refugio desde el cual observa a sus víctimas, a los vecinos a los que decide si respetar o aniquilar. Descubre su interior como nunca antes lo había sentido, y siente que solo es fuerte, que su individualidad es oro y su ego, conciencia.

Con las patas en la tierra, pero con una cabeza que no se ata a sus hombros.  Entre letras y pensamientos; abstracto. Él. Alquimia, conocimiento. Ciencia. Mentira. ¿Quién trae algo mejor? Eterno reto, desafío. A la vida, a la humanidad, cuando la esperanza otrora clara decae en oscuridad… y velas.

Porque el lobo sigue aullando al astro de luz. No deja de observarlo en busca de una señal. Ella lo mira y sonríe, sin ataduras. ¿Sonrisa de quién se sabe en las alturas o de quién realmente posee un interés? Eso sí, aunque él aúlla sabe que la Luna también lo admira. Siempre atento al satélite, aunque solo, siempre solo. Alguien por quién sacrificar silencios. 

Lo único que me asusta es que seas sólo una ilusión, que no seas cierta. Satélite.