domingo, 30 de octubre de 2011

La muerte del alma.

 Muchas veces me pregunto como será mi muerte. Por un lado, me gustaría morir durmiendo, habiendo alcanzado la paz. Inspirar, expirar, inspirar, expirar y... dejar de respirar. Por otro, me gustaría morir como se muere en las películas. Salvando a quién amo. Pero Hollywood es demasiado utópico, ¿no?

 No. Realmente, me gustaría morir con dignidad. ¿Qué menos no? Porque existen muertes demasiado terribles. Terribles por dolorosas. Terribles por tristes. Dolorosas, tintadas de rojo. Sangre que brota más viva que nunca, dejándote inerte para siempre. La bala que te vuela la caja de los sesos. La navaja que atraviesa tu pecho. El impacto contra el suelo desde un quinto piso. Muertes terribles. Terribles por dolorosas.

 Pero no. No son las muertes que más me asustan. ¿Imagináis lo terrible que debe ser morir por desidia? Aburrirse de vivir. Respirar sin sentir el oxígeno. Asomar a la ventana y quedarse viendo la vida. Sin expresión alguna en la cara. La vida corre delante tuya, pero no quieres seguir su ritmo. Y poco a poco, dejar de sentirlo todo a no sentir nada. Indiferencia ante tu alrededor. Morirse del asco. Terrible. Terrible por triste. La muerte del alma.



Paz!

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