domingo, 4 de marzo de 2012

La luz en el horizonte negro.

 La muerte que acecha en el horizonte y echar la vista atrás por los años que han pasado y los tiempos que quedan en el recuerdo hacen inevitable que se nos pinte la cara de un color melancolía que es sostenida por unos hombros abatidos. Todo tiene un final. Porque la realidad es triste, y no querer mirarla a los ojos, es engañarnos. Y aunque el engaño pueda resultar un bálsamo, creo que todo ser humano debe luchar por ser libre.

 Los años no pasan en vano; cada hora, cada minuto, cada segundo, cuentan. Nuestros órganos se terminarán debilitando, y cuando llegue la hora, cada uno debe ser consciente de cómo ha aprovechado su turno en este parchís que es la vida. Por eso, hemos de aprender a encarar nuestro destino. No debemos mirar atrás, y si lo hacemos, qué menos que con una sonrisa. Porque en esta carretera llena de baches hay que mirar siempre hacia adelante, disfrutando de cada instante, bueno o malo, dulce o amargo, con un "carpe diem" tatuado en el pecho. Para que así, cuando la puerta se cierre tras nuestra, asegurarnos de que hemos dejado la luz encendida, y que nuestra existencia no se ha limitado a una oscura habitación, triste y desierta.

 Debemos ser conscientes de que nuestra alma no envejece con nuestro cuerpo, pues un cuerpo puede ser joven y el alma vieja, así como un alma puede mantenerse fresca cuando el cuerpo falle. Somos mucho más que un cuerpo carnal y simple. También debemos ser conscientes, de que lo que dejamos tras nuestra, nuestras pisadas, pueden hacernos inmortales. Nuestra llama permanecerá en combustión en la historia, o siendo más humildes, en el corazón y en la cabeza de quién nos quiere.

 Estos argumentos me resultan suficientes, aunque existen muchos más, para convencerme de que nuestra vejez y posterior fallecimiento no deberían ser un excesivo motivo de preocupación. Somos mucho más que una vida. Somos mucho más que nuestra muerte.


Paz!

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